Si William Shakespeare viviera en el siglo XXI, ¿lo imaginarían distribuyendo su celebérrima tragedia Romeo y Julieta como libro electrónico? Yo sí. ¿Acaso no era un hombre inteligente, creativo y resuelto en los negocios? Parece ser que sí, y ningún escritor que responda a ese perfil debería despreciar en estos tiempos un formato que, nos guste o no, ha venido para quedarse. Esto último no lo digo yo, lo dijo hace unos días otra Julieta: Julieta Lionetti, una mujer apasionada que habló la semana pasada sobre la revolución digital en el mundo editorial durante un acto celebrado en Barcelona.
Viajo con una frecuencia más o menos anual a Barcelona para pasear por sus calles, comprar diccionarios estrafalarios y saludar a algunos amigos. En mi última visita aproveché, además, para asistir al BookMachine, un acto que tuvo lugar simultáneamente en varias ciudades del mundo el pasado día 25 –creo que se hace más de una vez al año– y que llevó hasta la capital catalana a Julieta Lionetti, una argentina chiquitita, serenamente nerviosa, sonriente, divertida y sin la cual sería más difícil entender qué está pasando y qué va a pasar con el libro electrónico. El encuentro consistió en una charla suya seguida de un agradable copeteo (palabra injustamente ignorada por los diccionarios) en el que participamos escritores, editores, diseñadores, libreros, correctores y otros animales de la jungla de los libros.
Empezaré por decirles que mi relación con el sector editorial se limita a la que mantengo con las personas que me encargan corregir obras de toda índole, lo cual no es poco, aunque también adquirí algunos conocimientos más con la encantadora aventura que me llevó a autoeditar el librito Lavadora de textos. Y añadiré que, aunque no me considero un friqui de la cosa electrónica, me gustan el iPad y el iPhone y, por lo general, examino con curiosidad y acepto con naturalidad cualquier aparato que caiga en mis manos.
Además, todavía me sorprendo –ni grata ni ingratamente– cada vez que veo a alguien leyendo un libro electrónico en un parque o en una cafetería, algo que me ocurrió unas cuantas veces la semana pasada en Barcelona, aunque estoy convencido de que esa sorpresa irá menguando con el paso del tiempo… Así que, sin prejuicios y un poco ignorante, me planté el otro día en el evento1 BookMachine para escuchar lo que me quisieran contar sobre esta nueva forma de vender, comprar y devorar letras.
Para quienes no lo sepan, Lionetti es una escritora y editora a la que muchos, tanto en España como en Latinoamérica, consideran una gurú de todo lo que tiene que ver con ese recién nacido –o, más bien, preadolescente– que es el libro digital. Julieta conoce como pocos a la criatura y, en consecuencia, no le tiene nada de miedo: no olvidemos que buena parte de los temores humanos son hijos de la ignorancia. Su charla, titulada «De cómo los malditos ingenieros me enseñaron a amar la literatura de nuevo», fue un canto al optimismo ante la que se nos viene encima.
Después de su conferencia le robé un par de minutos para que me explicara con más detalle por qué cree que hay que mirar sin recelo a este intruso que tiene muy nerviosos a autores, editores y libreros (… y correctores de textos, añado), y esta fue su respuesta: «Hay sitio para el optimismo en la medida en que sepamos reinventarnos a nosotros mismos; si lo que creemos es que la revolución digital es un tsunami que va a destruirlo todo y nos quedamos a esperar a que pase para después reconstruir, nos estamos equivocando, porque esto está aquí para quedarse».
¿Y cómo perderles el miedo a los grandes monstruos electrónicos que ya están entre nosotros y no piensan marcharse? ¿Cómo conocer a aquellos que están modelando una manera nueva e irreversible de entender el libro? «Trabajando con ellos. Todos los editores importantes de España tienen el cuarenta por ciento de sus ventas digitales en Amazon. Si a alguien que te ayuda a vender el cuarenta por ciento de tu total lo consideras como un enemigo, estás viendo muy mal las cosas». Eso me dijo.
En el encuentro quedó claro no solo el desconcierto de algunos libreros, sino también el hecho impepinable de que el libro electrónico acabará por tener un éxito arrollador tarde o temprano. ¿Seguiremos leyendo libros de papel? Yo creo que sí, de la misma manera que seguimos yendo al cine, paseando y conversando en los bares a pesar de que también vinieron para quedarse la televisión, el coche y el teléfono.
Por mi parte, confío en que los llamados «editores nativos digitales», los que nunca han comerciado con libros de papel y no lo harán, recuperen el gusto por el trabajo bien hecho que algunas empresas tradicionales empezaron a perder años atrás, el mismo día en que prescindieron de sus departamentos de corrección. En otras palabras, espero –y estoy convencido de que así será, porque soy optimista– que cuando el libro digital sea definitivamente un producto de andar por casa, los textos que este invento nos traiga hayan sido mimados por un maniático Romeo calibrador de la buena escritura antes de que la pantalla los lleve a acariciar los ojos de una Julieta amante de la buena lectura.
Ramón Alemán
