Un año de papel

Mañana, día 15 de diciembre, se cumple un año del nacimiento del libro Lavadora de textos, una aventura en la que me vi metido casi sin darme cuenta, pero que valió la pena porque me ha reportado pingües beneficios. Beneficios emocionales, se sobrentiende; del resultado económico mejor hablamos en otro momento. Dice la Real Academia Española que beneficio es ‘bien que se hace o se recibe’. Ignoro si todos los lectores de mi libro han obtenido algún bien –en forma de conocimiento, resolución de dudas o entretenimiento–, pero les puedo asegurar que, como dice el anuncio de no sé qué tarjeta de crédito, a mí me ha dado cosas que el dinero no puede comprar. Cosas tan simples como que un amigo enviara a mi teléfono una foto de un jubilado esperando su turno en su centro de salud mientras leía un ejemplar de Lavadora de textos.

Cosas como recibir correos electrónicos desde Hispanoamérica en los que me preguntaban cómo y dónde comprar Lavadora de textos; cosas como saber que esta humilde obra está en las principales bibliotecas de Tenerife, en la del Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española (Cilengua) y en la de la Fundación del Español Urgente, entre otras; cosas como recibir SMS (o más bien whatsapps,1 que es lo que está ahora de moda) de amigos y conocidos para decirme que aprendieron algo con el libro y que, encima, se rieron durante la lectura de varios de sus artículos… En fin, lo dicho: hay cosas que el dinero no puede comprar.

La aventura que en estos días cumple un año también me permitió iniciar una relación de amistad con Alberto Gómez Font, en aquel entonces coordinador general de la Fundéu y, desde hace poco, flamante director del centro que el Instituto Cervantes tiene en Rabat (hasta ese momento nuestra relación había sido poco más que electrónica). Yo quería darle algo de lustre al libro y se me ocurrió que una buena idea sería que el prólogo lo escribiera él, a lo cual accedió amablemente. Mi desfachatez a la hora de proponerle tal cosa a un casi desconocido me sirvió –y esta es una gran enseñanza que me aportó en su día la edición del librito– para comprobar que es muy sano tirarse de vez en cuando a la piscina con los ojos cerrados y sin pensárselo dos veces. Si abajo hay agua, la sensación es fascinante.

Como supongo que muchos de ustedes no lo sabrán, el libro del que les hablo es una recopilación de los artículos publicados en este blog desde su nacimiento hasta finales del año pasado y, aunque no se han vendido tantos ejemplares como a mí me hubiera gustado para amortizar la inversión, me comenta algún que otro especialista en asuntos editoriales que me puedo dar con un canto en los dientes por haber alcanzado la cifra de ventas a la que he llegado. Una cifra, por otra parte, modesta, pero más que satisfactoria para un libro autoeditado… y autoeditado en Tenerife, una isla que queda muy lejos del ombligo del mundo (¿dónde queda el ombligo del mundo?).

En fin, dejémonos de autobombo y vayamos al grano, que este artículo no tiene otra intención que seguir quitándome de encima los ejemplares que aún me quedan: a todos aquellos que vivan en Canarias les comunico que todavía pueden adquirir Lavadora de textos en cualquier librería. Si viven en el resto de España, lamento decirles que las distribuidoras son muy reacias a trabajar con libros autoeditados, así que el único sitio donde se ha vendido, que yo sepa, es la librería Medios, en Barcelona. ¿Se puede comprar por Internet? Sí. Pueden ir a la página web de la librería virtual Agapea y seguir sus instrucciones. Nada más. Feliz Navidad y que Dios nos coja confesados en 2013.

Ramón Alemán

1 La Fundación del Español Urgente propuso en 2017 usar la forma wasap (en letra redonda) a la hora de hablar de los mensajes que se envían a través de la aplicación WhatsApp, y a mí me parece una recomendación fantástica. (Nota añadida en 2020).