Creo que ya he dicho alguna vez que, dada mi condición de corrector, sufro mucho leyendo, aunque lo esté haciendo solo por entretenimiento y no para ganarme el pan mío de cada día. Imagínense ustedes entonces cómo será la cosa cuando tengo que leer una novela para corregirla: en ocasiones se llega a producir una implicación tremenda con el trabajo que se tiene entre manos, pues uno es consciente de que el autor del libro ha puesto sobre nuestras espaldas una gran responsabilidad. En esos casos, y cuando el escritor muestra el mismo respeto por el corrector que el que este le debe a su cliente y a la criatura –cosa que no pasa siempre–, el imposible placer de leer se sustituye por el placer de ayudar (cobrando, claro). Eso me ocurrió meses atrás con la corrección de un libro extraordinario, cuyo título es de lo más engañoso: Como el que tiene un huerto de tomates. Sigue leyendo
