Los trece mandamientos de Lavadora de textos para el corrector de textos en español

No son pocos los decálogos, mandamientos, recomendaciones y sugerencias que se le ofrecen al corrector de textos, tanto en papel como en Internet, para el adecuado desempeño de su oficio. Sin ánimo de deslegitimar lo ya publicado por otros autores, aquí les presentamos los trece mandamientos de Lavadora de textos para el corrector de textos en español.

  1. La función del corrector de textos es corregir lo incorrecto, no cambiar aquello que no le gusta.
  2. El corrector de textos debe dudar constantemente durante el desempeño de su trabajo. No hacerlo constituye un acto de soberbia.
  3. El corrector de textos no debe incorporar a un texto más correcciones de las necesarias con la intención de justificar su trabajo: si no hay nada que corregir, no se corrige nada.
  4. Las decisiones del corrector de textos deben estar basadas en los usos lingüísticos comúnmente aceptados por la mayoría de la comunidad hispanohablante y en las enseñanzas de los expertos en la lengua española. Para ello, debe saber cuáles son las principales fuentes de consulta y tener amplios conocimientos de la gramática y la ortografía españolas.
  5. El corrector de textos siempre podrá justificar ante su cliente una corrección citando a una autoridad lingüística.
  6. La Real Academia Española (RAE) no es, en absoluto, la única autoridad lingüística. El corrector de textos debe conocer y consultar las obras de otros autores, entre los que cabe citar a José Martínez de Sousa, Manuel Seco, María Moliner, Leonardo Gómez Torrego, Joan Coromines, etc. Por tanto, el corrector nunca dirá que una palabra «no existe porque no está en el diccionario de la RAE» ni que una expresión «es incorrecta porque no la acepta la RAE».
  7. La delimitación de la frontera entre lo correcto y lo incorrecto depende en ocasiones de la tolerancia, el área geográfica del hablante, la libertad creativa del autor y otros factores que el corrector debe tener en cuenta. En este sentido, el corrector debe conocer la norma para, llegado el caso, decidir si en determinado contexto es aceptable tolerar su infracción. Por las mismas razones, a veces es preferible recomendar a corregir.
  8. Un error puede tener varias posibles correcciones. Cuando eso ocurra, el corrector de textos propondrá a su cliente todas las correcciones posibles, debidamente justificadas.
  9. El corrector de textos debe colaborar estrechamente con el autor o el editor de la obra que corrige y, en todo caso, aceptar sus criterios, siempre que no entren en clara colisión con la norma lingüística y los usos mayoritarios de los hispanohablantes. Si estos criterios son totalmente contrarios a las normas y los usos, debe tratar de convencerlo, con argumentos lingüísticos, para que los cambie, pero no puede imponer los suyos.
  10. Cuando un corrector de textos se equivoca y así se lo hace saber su cliente, debe reconocer el error y pedir disculpas; nunca elaborará un argumento falso o rebuscado para justificar su error.
  11. El corrector de textos debe tener curiosidad, inquietudes y conocimientos generales sobre política, ciencias, letras, artes, historia, etc., y ha de saber dónde consultar sus dudas en relación con estos asuntos.
  12. El corrector de textos debe cobrar un precio justo por su trabajo, que es un trabajo intelectual, complejo y en ocasiones extenuante. Cobrar menos de lo que sabe que le corresponde –salvo posibles acuerdos con el cliente relacionados con ofertas o descuentos– es indigno de un corrector de textos.
  13. El corrector de textos debe lamentarse, enfadarse, llorar y, llegado el caso, aplicarse el castigo que considere oportuno cuando, al ver publicada una obra que corrigió, detecta un error que no vio a tiempo, cosa que siempre ocurrirá.

Ramón Alemán