Elogio de los diccionarios

Soneto lingüístico número 42

DiccionariosEntraron en mi casa dos chiquillos

como sabuesos expedicionarios

y al ver mi montañón de diccionarios

el asombro inflamó sus ojos pillos.

 

Normal es que causaran mis ladrillos

pasmo en sus intelectos embrionarios,

pero los hay a cientos y muy varios:

gordos y flacos, raros y sencillos.

 

Afirma un infeliz que para eso

ya tiene el de la RAE, altar de altares,

que el léxico bendice o exonera.

 

¿Qué hacer, pues, con las obras de gran peso

de Sousa, Moliner, Seco o Casares?1

¿Tendremos que quemarlas en la hoguera?

Ramón Alemán

1 Las obras a las que me refiero aquí son el Diccionario de usos y dudas del español actual y el Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, de José Martínez de Sousa; el Diccionario de uso del español, de María Moliner; el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, el Diccionario fraseológico documentado del español actual y el Diccionario del español actual, de Manuel Seco (los dos últimos junto con sus colaboradores Olimpia Andrés y Gabino Ramos); y el Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares, pero la lista es tan vasta como nuestro idioma. Por supuesto, en la montaña de libros que vieron los dos niños del poema también había otras obras, como el Manual de estilo de la lengua española, de José Martínez de Sousa, y el Manual de estilo Chicago-Deusto, que, sin ser diccionarios, resultan imprescindibles para resolver dudas sobre el buen uso de la lengua. Quien piensa que el diccionario de la Real Academia Española es el único válido no solo se equivoca, sino que arrincona al extenso elenco de lexicógrafos del mundo hispánico.

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