Soneto al corrector de textos

Soneto lingüístico número 22

El más excelso y rígido escribienteCorrector

comete a veces ínfimos deslices

–en fin, también enormes, ¡qué narices!–;

si alguno lo negara es porque miente.

 

Por suerte existe un gremio muy sensato

de tipos que con boli son felices

marcando fallos, yerros y matices

que no captó el autor en su arrebato.

 

Son correctores, gente imprescindible

para que un texto tenga labios sanos

y, libre del error, sea legible.

 

No son perfectos (todos son humanos),

pero su oficio, terco e invisible,

coloca libros limpios en tus manos.

Ramón Alemán

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