Zurita, pague lo que debe

01MHace once meses, en enero de este año, me llamó por teléfono José Luis Zurita, periodista, doctor, profesor en la Universidad de La Laguna y nieto de un señor al que, sin haberlo conocido, yo calificaría de caballero (o sea, diría de él que es un «hombre que se comporta con distinción, nobleza y generosidad», que es una de las acepciones que el diccionario de la Real Academia Española le da a esa palabra): don Víctor Zurita Soler, fundador y director del diario tinerfeño La Tarde. Y como dice el refrán que «hijo de gato caza ratones», yo siempre había tenido a José Luis por caballero. Once meses después de aquella llamada debo rectificar.

Como ustedes saben, este blog está dedicado a asuntos lingüísticos, y cuando he abordado otros temas ha sido siempre de refilón y sin dejar nunca de lado la razón de ser de los artículos que publico, que no es otra que el conocimiento y el cuidado del idioma español. No obstante, y mal que me pese, hoy me veo obligado a recurrir –como quien hace uso del derecho al pataleo– al escaso eco que esta página pueda tener para, a modo de terapia, contarles la razón por la cual José Luis Zurita ha perdido, desde mi punto de vista, la condición de caballero. Eso sí, lo haré sin dejar de lado la naturaleza de Lavadora de textos, por lo que aprovecharé para analizar por encima, precisamente, el sustantivo y adjetivo caballero.

Antes de entrar de lleno en el asunto, también quiero aclarar otras dos cuestiones. La primera es que a lo largo de estos meses he sobrellevado la pesadilla que hoy me trae aquí con una paciencia digna de mejor causa, pero toda paciencia tiene un límite; la segunda es que, aunque no soy amigo de airear mis problemas, creo que lo que voy a contar puede ser de gran ayuda para profesionales autónomos como yo, que en muchas ocasiones cerramos acuerdos laborales con un simple apretón de manos (virtual, en la mayoría de los casos), como siempre ha sido costumbre entre caballeros. A todos esos profesionales –y a mí mismo– sírvales esta historia para aprender a no fiarse ni de su sombra.

Todo lo que aquí se va a decir es verdad, tal y como mi memoria recuerda esa verdad. No hay intención de tergiversar los hechos ni de calumniar o deshonrar a José Luis Zurita. Las palabras escritas entre comillas hay que tomarlas como representaciones que, sin ser citas literales, se acercan bastante a determinadas palabras pronunciadas o escritas en su día por Zurita o por mí, de la manera en que mi cerebro las ha guardado.

Bien, vamos allá.

El pasado mes de enero recibí una llamada telefónica de José Luis Zurita, a quien ya conocía por aquello de que esta isla de Tenerife es muy pequeña y porque a ambos nos une el ejercicio del periodismo, aunque yo cada vez ejerzo menos ese oficio, a Dios gracias. Me decía este señor que quería que le corrigiera urgentemente un libro suyo titulado La Tarde: cincuenta y cinco años de periodismo tinerfeño, dedicado sobre todo a la memoria de su abuelo, el añorado Víctor Zurita Soler. Dadas sus prisas, y teniendo en cuenta también que yo, como muchos profesionales autónomos, vivo a menudo con el agua al cuello, le propuse un trato: «Yo dejo a un lado el trabajo que tengo en marcha y me pongo con lo tuyo con la única condición de que me abones el servicio en cuanto te lo entregue». Él aceptó el trato, y ahí empezó la pesadilla.

El día 17 de febrero de este año entregué la corrección y quedé a la espera del cobro del trabajo. Por cierto, he de decir que el libro en cuestión es muy voluminoso, de tal manera que el importe del que hablamos se corresponde aproximadamente con el salario que percibiría un empleado medio (por decirlo de alguna manera) por un mes de ejercicio, que fue más o menos el tiempo que me llevó hacer la corrección. O sea, estamos hablando de una cantidad de dinero considerable, al menos para un modesto trabajador como yo. También debo aclarar que le propuse al cliente hacerle un descuento si era él quien tenía que abonarlo de su bolsillo, pero Zurita me respondió que no, que lo pagaría una entidad pública a la que llamaremos Entidad Pública A.

Como no quiero ser demasiado prolijo, resumiré lo acaecido de la siguiente manera: Zurita me aseguró que el pago se haría antes de terminar el mes de febrero, cosa que no ocurrió. Algo después me dijo que no sería la Entidad Pública A, sino otra, a la que llamaremos Entidad Pública B, la que haría el abono. En medio de este baile apareció en escena un tercer personaje, al que llamaremos Pepe y a quien Zurita le pidió –o eso me dijo– que resolviera el asunto. El tal Pepe –un buen tipo–, con quien me puse en contacto al ver que el tiempo pasaba y que el acuerdo verbal con el cliente ya era una quimera, me dijo en una primera conversación que mi trabajo no estaba ni tan siquiera presupuestado y, en una segunda, que él se bajaba del barco (el barco era la publicación del libro y otras acciones paralelas) por razones en las que yo no puedo entrar.

Pasaron los meses y Zurita, ante mi insistencia –desde que incumplió su palabra jamás se ha dirigido a mí motu proprio, salvo el pasado día 8 de noviembre, para darme una información que ha resultado ser más de lo mismo–, me pidió que emitiera una factura a nombre de una empresa a la que llamaremos Empresa Privada. Y, entre silencios del cliente y el silencio propio del estío, siguieron pasando los meses… Llevado por la desesperación, ya en otoño decidí hablar con el director de la Entidad Pública B, quien me mostró su sorpresa por el hecho de que yo no hubiera cobrado aún la corrección.

Este señor, que sí es un caballero, decidió cargar sobre su espalda una cruz que no le pertenecía y se comprometió a resolver el problema con la mayor diligencia, pero lo cierto es que yo sigo sin cobrar; y esto es algo que ni puedo ni debo echar en cara a la Entidad Pública B, pues no olvidemos que, desde el día en que nos dimos un apretón de manos virtual, José Luis Zurita es el único responsable de abonar mis honorarios; en otras palabras, es el único responsable de que hoy, 21 de diciembre de 2018, cuando solo faltan unos días para que se cumpla un año de aquella infausta llamada telefónica, yo no haya recibido lo que me pertenece.

Esto es un resumen: contarlo con pelos y señales sería agotador. Ahora ustedes me podrán decir que han vivido situaciones como esta en más de una ocasión, incluso que sus tiempos de espera han sido mucho mayores. Me parece bien; cada cual tiene su propio umbral de resistencia. Pero lo que dota a esta historia de la condición de pesadilla, lo que la ha hecho insufrible, es el modo en el que la ha gestionado el doctor Zurita. Sus maneras son las que le han hecho perder, a mis ojos, la condición de caballero que le suponía. Y me explico.

Volvamos al diccionario de la RAE y leamos nuevamente la acepción que veíamos antes para la palabra caballero: ‘hombre que se comporta con distinción, nobleza y generosidad’. Distinción, nobleza, generosidad; qué hermosas palabras… Vamos a hablar de ellas.

En varias de mis conversaciones con el señor Zurita, en las que intentaba explicarle, de manera muy pedagógica, la delicadísima situación en la que me había colocado (no olvidemos que mi trato con él conllevaba retrasar todo mi plan de trabajo; en otras palabras: al faltar a su palabra me hizo la puñeta), sus respuestas iban desde un «paciencia, amigo» a un «es que deberías dedicarte a otro trabajo». Eso jamás lo haría alguien con distinción, o sea, una persona con ‘elevación sobre lo vulgar, especialmente en elegancia y buenas maneras’.

Vayamos ahora con la nobleza, que es, según la Academia, otra de las virtudes de un caballero. La persona noble es aquella que es honrosa, decente. Pues bien, cada vez que yo le recordaba a este señor que tenía una deuda contraída conmigo –deuda que nos ha causado a mi familia y a mí un quebranto económico injusto (el mismo que le habría causado a él no cobrar la nómina correspondiente a un mes de su trabajo)–, su respuesta solía ir en esta línea: «No pretenderás que entre con una escopeta [en la Entidad Pública B] para que me paguen; además, el resto de las personas que han trabajado en el libro no han cobrado ni lo harán hasta que se publique».

Pasemos por alto la última parte de esas palabras (¿desde cuándo los servicios profesionales necesarios para la edición de un libro no se pueden abonar hasta que el libro se haya publicado?) y centrémonos en los dos primeros argumentos: el de la escopeta y el de los otros acreedores. Si el doctor Zurita hubiera tenido decencia, si hubiera tenido honra, habría reconocido que mi acuerdo no fue ni con la Entidad Pública A ni con la Entidad Pública B ni con la Empresa Privada ni con Rita la Cantaora, sino con él, y lo fue a través de un acuerdo verbal entre caballeros. (En ese acuerdo –está de más decirlo– no entraban los otros acreedores, a los que no conozco). Como consecuencia de lo dicho, Zurita habría admitido que no cumplió el trato, pero hasta ahora no lo ha hecho.

Por último, nos dice el diccionario de la RAE que generosidad –la tercera virtud del caballero– es la ‘cualidad de generoso’ y que generoso, entre otras cosas, es aquel que ‘obra con magnanimidad y nobleza de ánimo’. ¿Lo ha hecho Zurita en estos diez largos meses de espera? Jamás. Un caballero que le ha causado un grave problema a otra persona se comporta con nobleza de ánimo –con humildad y empatía–: se preocupa, tiene gestos de acercamiento, palabras de ayuda; da ánimos y pone todo cuanto esté en su mano para que el daño sea el menor posible y para encontrar una solución. Todo ello, tristemente –para él y para mí–, ha brillado por su ausencia en nuestro protagonista.

En definitiva, puedo concluir este amargo relato afirmando, como hice al comienzo, que José Luis Zurita, periodista, doctor, profesor en la Universidad de La Laguna y nieto de un hombre al que yo calificaría de caballero, no heredó de su abuelo tal condición. Pero como todo esto probablemente le entrará al interfecto por una oreja y le saldrá por la otra, me limitaré a repetirle lo que llevo pidiéndole desde el 17 de febrero: Zurita, pague lo que debe.

Ramón Alemán

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8 respuestas a Zurita, pague lo que debe

  1. Anónimo dice:

    Digamos que no eres el único a quien le debe, algunos alumnos han trabajado creando contenido para el periódico digital de la universidad y siguen sin ver un duro. Aborda a la gente con comentarios de ese estilo “no vales para esto”, “nunca serás buen periodista” y un largo etc. Cuando él es el primero que no vale para esto, ni llega a la sombra de su abuelo.

  2. Anónimo dice:

    El profesor que menos se esfuerza en su trabajo con el que me he topado en la vida. Capaz de humillar al alumnado y de aprovecharse de su trabajo. Capaz de faltarte al respeto delante de un aula llena de personas y de no impartir absolutamente nada de la asignatura que le toque impartir. Por personas como él, la universidad es un lugar hostil y del que no salimos con una formación correcta. Ánimo. Espero que pague pronto.

  3. fsdgfdg dice:

    Menudo chiringuito tiene montado aprovechándose de la ilusión de los alumnos de periodismo con la web de noticias de la universidad.

  4. Fernando dice:

    Yo tuve la desgracia de conocer al personaje e igualmente no me pagò por mi trabajo para una Fundaciòn a la que representaba que no se si aùnnexiste. Y los modos fueron exactamente iguales. Es un tipo poco serio,un cachanchan,mentiroso en exceso y poco o nada recomendable como persona.

  5. Anónimo dice:

    Es un vendehumos que va de triunfador, pero cuando ni siquiera tienes la decencia de pagar a tus proveedores y a la gente con la que trabajas es muy fácil tener empresas. Aunque lo de triunfador lo dudo muchísimo. Luego se le llena la boca dando lecciones de lo buen empresario que es. En fin. Mucho ánimo, Ramón.

  6. MK dice:

    Esperemos que con la presión te pague pronto este antiseñor. Así emprende cualquiera.

  7. Alejandra dice:

    Zurita fue el peor profesor que pude tener durante mi periodo estudiantil. Obligó a una alumna a corregir un trabajo 14 veces (literalmente) porque no coincidía con sus ideales políticos. También pretendió utilizar proyectos de sus alumnos para presentarse a un concurso público, algo que afortunadamente no pudo hacer. Es un farsante.

  8. Iván dice:

    Zurita es un gentuza de la peor calaña. El peor profesor que jamás cualquier alumno pueda tener. Mucho ánimo!

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