Canción de Navidad para correctores y periodistas

NavidadEn mi doble condición de periodista y corrector de textos –cada vez más lo segundo que lo primero–, me he tropezado en los últimos años con infinidad de artículos, noticias y comentarios sobre lo mal que andan ambos oficios, sobre su presente desalentador y sobre su futuro incierto. Pues bien, hoy yo les voy a hacer a correctores y periodistas un regalo de Navidad que es en realidad un consejo: dejen de lamentarse y busquen un camino. Y no crean que este regalo es una ironía con forma de advertencia sobre lo agotadora que resulta la autocompasión de estos dos gremios; lo que estoy haciendo es una petición sincera que nace de mi experiencia y del convencimiento de que Internet –a la que se le achacan muchos de los males de estas profesiones– nunca nos va a abandonar y además tiene trabajo para nosotros.

Para que puedan poner en práctica el regalo que les ofrezco, hagamos como Charles Dickens en Canción de Navidad y dejemos que nos visiten tres fantasmas, empezando por el de las navidades pasadas. ¿Qué vemos? Redacciones de periódicos con decenas y decenas de periodistas, un equipo de excelentes fotógrafos, maquetistas, teclistas… ¡Hasta podemos ver un departamento de corrección! Estos maniáticos revisan minuciosamente todo lo que han escrito sus compañeros redactores antes de que la rotativa se encargue de pasar al papel las noticias del día. Estamos en los años ochenta y noventa del siglo pasado, Internet está todavía en pañales y en los periódicos todo va sobre ruedas. Por su parte, las editoriales cuentan con correctores en plantilla para la revisión de los libros que venderán en las librerías.

Dejemos ahora que nos visite el fantasma de las navidades presentes, las de los últimos ocho o nueve años. Hemos entrado en el siglo XXI y el mundo de la edición se enfrenta a un desconocido al que teme, como nos suele suceder con todos los desconocidos: Internet. La prensa digital avanza salvaje y sin leyes, la cola del paro se alarga a base de periodistas y los empresarios no saben cómo tomar las riendas de un negocio que oscila de manera imprevisible. Mientras, a modo de mantra, por las esquinas de redacciones, emisoras de radio y estudios de televisión se repiten frases apocalípticas, sermones sindicales y lamentos plañideros acerca del porvenir tenebroso que le espera a este oficio por culpa de una «crisis» que en realidad es un cambio revolucionario e irreversible en el modelo de producción.

Los correctores no se quedan atrás: los departamentos de revisión y cierre de los periódicos son los primeros en pagar el pato de esa falsa crisis, y las empresas editoriales, arrastradas por una ola de incertidumbre, comienzan a prescindir de los correctores contratados y externalizan este servicio. También aquí se escuchan lamentos y gimoteos de boca de ese grupo, excesivamente grande, de correctores que dedican al menos un tercio de su jornada laboral a la autocompasión, con ironías tan alejadas de la realidad –o de las ganas de trabajar– como que se puede vivir dignamente de la corrección «si además eres narcotraficante».

Antes de que nos visite el fantasma de las navidades futuras, preguntémonos ahora si está en nuestras manos cambiar ese negro porvenir que, en realidad, no debería ser de un color muy diferente al de hace veinte, treinta o cuarenta años. Yo vi lo mismo que el fantasma de las navidades pasadas: vi redacciones rebosantes, sueldos aceptables y pasión por el periodismo y por la corrección, un oficio complicado que aprendí por mi cuenta revisando los textos de mis compañeros. También veo lo que ve el espíritu de las navidades presentes: en 2010 se completó una fase más del aparente proceso de desmantelamiento del periódico en el que trabajaba, con el despido de parte de su equipo directivo, del cual yo formaba parte. Pero ni el periódico desapareció ni yo me quedé sentado en mi casa, sino que busqué un camino y lo seguí con pasión. De hecho, si no se hubiese producido ese despido no existiría ahora Lavadora de textos, una empresa que, aunque no me ha hecho rico, tampoco me obliga a pensar en dedicarme al narcotráfico.

La información como demanda social seguirá existiendo mientras exista la humanidad. Es evidente que está cambiando la manera de distribuirla, pero ya solo falta que el nuevo modelo de producción del periodismo encuentre una fórmula que permita que esta actividad sea tan rentable en Internet como lo era hace apenas unos años en papel. ¿Habrá menos periodistas cuando se complete la metamorfosis? Es muy probable, pero –permítaseme la maldad– también debemos ver esto como una oportunidad y no como un peligro: podríamos librarnos de los que no saben escribir, de los mediocres, de los arribistas, de los chantajistas…

Por si fuera poco, el periodista tiene ante sí el mejor de los escenarios posibles: si se lo propone, la difusión de sus textos no dependerá de la arbitrariedad de un director o de un empresario ni de las presiones de un político. Además, sus noticias podrán ser leídas en cualquier parte del mundo y para colocarlas ante los ojos de sus lectores tan solo tendrá que usar adecuadamente las redes sociales. ¿Podrá ganar dinero de esta manera? Veamos, ¿conocen al Rubius? Se trata de un joven español muy simpático, brillante y con ganas de divertirse que se ha hecho de oro gracias a la publicidad que acompaña a los vídeos estrafalarios que sube a YouTube. Esto es solo un ejemplo, pero la prensa digital independiente también encontrará una fórmula para obtener dinero mediante un producto de calidad: Internet paga al que tiene talento (aunque también paga al que no lo tiene: como ven, las cosas no han cambiado tanto…).

En ese nuevo modelo de periodismo también vuelve a haber espacio para la corrección y, de hecho, será un oficio mucho más grato, pues la prensa digital ofrece unas oportunidades técnicas que no están al alcance de los periódicos de papel: todo se puede corregir en cualquier momento, no hay un punto de no retorno –que en la prensa tradicional es la rotativa–, no hay una errata garrafal que brillará durante siglos en la oscuridad de una polvorienta hemeroteca; además, el corrector puede trabajar en su propia casa. ¿Y recuperarán los correctores su sitio en las editoriales? Por supuesto que sí. El libro tradicional no va a desaparecer y, aunque así fuera, los libros electrónicos tienen la misma alma que sus padres de papel: la palabra. Y la palabra siempre tiene que ser mimada. Cuando las editoriales se sacudan el miedo y vean que lo único que ha cambiado es el soporte, volverán a llamar a los correctores para mejorar un producto que será rentable como lo era hace cien años, aunque ahora esté encerrado en las páginas virtuales de un iPad.

La humanidad jamás ha desaprovechado los avances tecnológicos y esta vez tampoco lo hará: ¿se imaginan un mundo sin trenes eléctricos para no aguarles la fiesta a los viejos maquinistas del carbón, un mundo sin imprenta para que los monjes copistas no se aburrieran, un mundo sin aviones para que los grandes trasatlánticos no se quedaran sin pasajeros? El estado de shock en el que aún se encuentra sumido el sector de la edición no se desvanecerá mientras no tomemos las riendas de la oportunidad que se nos está brindando. El fantasma de las navidades futuras tiene un nombre: miedo. Quitémonoslo de encima y nos habremos hecho el mejor regalo de nuestras vidas.

Ramón Alemán

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8 respuestas a Canción de Navidad para correctores y periodistas

  1. Nieves dice:

    Mil gracias por expresar algo que comparto completamente contigo. Creo que en nuestro gremio se pierde mucha energía instalándose en la queja. Yo misma puedo, como tú, Ramón, decir que, gracias a verme sin más salida en el mundo laboral en que me encontraba (enseñanza no reglada), ahora me dedico a mi verdadera pasión, que es corregir textos, y hay trabajo. Claro que lo hay. No pretendo hacerme millonaria, pero tampoco tengo que traficar con nada. Solo mis ganas de trabajar, mi empeño, intentar hacer las cosas de la mejor manera posible y, sobre todo, no quejándome ni echando la culpa ‘al mundo’ de lo ‘mal’ que está la profesión. Si no nos respetamos a nosotros mismos (por ejemplo, malvendiéndonos), ¿cómo podemos esperar que lo hagan los demás? Feliz Navidad, enhorabuena por tu “Lavadora”, que sigo desde que existe, y de nuevo gracias por, sobre todo, el espíritu que subyace en tu artículo.

  2. Marina Ferrer dice:

    Muchas gracias por este regalo navideño tan maravilloso, Ramón. Afortunadamente, cada vez somos más los profesionales de la corrección y la asesoría lingüística que vemos con optimismo el camino. Con optimismo y determinación estableceremos nuestra propia ruta. Un abrazo.

  3. Amelia Padilla dice:

    Me alegra, Ramón, ese espíritu optimista, y realista, que destila tu texto. Sin ir más lejos, en el ENC1 (Encuentro Nacional de Correctores) que celebramos en octubre, en Madrid, ese fue uno de los mensajes que lanzamos. Que hay que seguir reivindicando la profesión, sí, y todo lo que haga falta, pero como verdaderos profesionales, como cualquier otro profesional, no dando pena. Saludos.

  4. Manuel Negrín Ruiz dice:

    Muy bien, Ramón. Me encanta ese deseo ¿espiritual o de espíritu? que irradias. No hay que pensar que habrá tiempos peores. En todo caso ¿diferentes o distintos? Aprovecho para darte mi enhorabuena. Tanto por “lavadoradetextos” (¿es correcto ponerla en este caso entre comillas?) como tus opiniones, sugerencias, consejos…

  5. Coincido plenamente. En vez de quejarse y mirar atrás, hay que mirar hacia delante. No es una crisis, es una época de nuevas oportunidades. También se quejaban los monjes copistas por la llegada de la imprenta…

  6. Mercedes dice:

    Desconocía la “lavadora” pero a partir de ahora te seguiré. No soy correctora, soy lo primero, escritora a horas parciales pues, mi primer trabajo es ser “ama de casa”, profesión, tan honrada como la que más pero nada agradecida. Las tardes las paso desde hace años frente al ordenador creando historias que, hasta el día de hoy nadie se ha dignado editar. Sigo esperando como la “chica de la estación” que esperaba cada día la llegada de su amor. Me ha encantado tu artículo.

  7. Eso espero yo, ¡que haya trabajo!, y quitarme el miedo (los miedos, más exactamente), para poder perseverar en la búsqueda de esas correcciones que no terminan de llegar en la cantidad necesaria, aprender corrigiendo, leyendo, revisando lo leído y corregido…, ayudar con mi trabajo, puesto que es así como me lo planteo: otra persona escribe y yo le ayudo con mis “retoques”. Gracias por el artículo y por mostrarme los fantasmas…

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