Esto son palabras mayores

MayoresDice el Diccionario fraseológico documentado del español actual (Aguilar), de Manuel Seco, que la expresión ‘palabras mayores’ es una locución nominal que significa ‘cosa de importancia mayor de lo corriente’. Siempre se usa en plural, aunque lo denominado sea singular, de tal manera que si yo digo, por ejemplo, que me han regalado un libro escrito por Alberto Gómez Font, Xosé Castro, Antonio Martín Fernández y Jorge de Buen y alguien me responde: «Oye, eso son palabras mayores», esa expresión es triplemente correcta. Es correcto que ‘eso’ sea singular y ‘palabras mayores’ sea plural –como ya hemos dicho–, pero también es correcto decir que el libro son palabras mayores, porque es cierto que su contenido es de importancia mayor de lo corriente. Para colmo, el libro en cuestión se titula Palabras mayores, y este hecho es el que completa el trío de correcciones señalado más arriba.

Hace cuatro años, cuando Alberto Gómez Font accedió a escribir el prólogo de un librito que yo publiqué entonces, dije de él lo siguiente en este blog: «… vive en ese mundo de los maniáticos de la lengua y, sin embargo, de aburrido no tiene ni un pelo. […] es un conversador divertido y un apasionado de la coctelería, entre otras muchas cosas. ¿El cuidado de la lengua española es compatible con la diversión y la pasión por la coctelería? Pues sí». Esta breve descripción les puede resultar de gran utilidad para que entiendan qué es Palabras mayores. Vamos allá.

Para empezar, digamos que, antes que un libro, Palabras Mayores (además de eliminar la cursiva, aquí empleo la mayúscula inicial también en la segunda palabra, pues ahora no he escrito el título de un libro, sino una «expresión denominativa») es un grupo de cuatro amigos a los que les unen dos pasiones: la lengua española y los bares, hasta el punto de que, como ellos mismos explican en el prefacio de la obra, inicialmente le pusieron a ese cuarteto un nombre de lo más gracioso: Bárfilos, una voz a medio camino entre el universo léxico de los argentinos Les Luthiers y el del dibujante español Forges.

Yo conozco personalmente a dos de los miembros del grupo: Alberto –filólogo y barman– y Antonio Martín Fernández –corrector de textos y friqui del programa Word, entre otras cosas–. A Xosé Castro –traductor– lo conozco por las redes sociales, aunque aún no lo he desvirtualizado. Por cierto, este verbo pide a gritos su entrada en los diccionarios, pues, como acertadamente señalan los autores en su libro, es «como le dicen ahora a esto de encontrarse en persona». Yo iría más allá y aclararía que ‘desvirtualizar’ es ‘conocer en persona a quien se ha conocido previamente en una red social u otro sistema de comunicación electrónico’. Por último, a Jorge de Buen –diseñador gráfico– no lo conozco de nada, pero, si es amigo de los otros tres, estoy seguro de que encaja a la perfección en la banda.

Pues bien, estos cuatro señores se dedican desde hace años a visitar ciudades hispanohablantes de todo el orbe –de Huesca a Cádiz, de Nueva York a Santiago de Chile– para explicar algunos secretos sobre el buen uso de nuestra lengua. La única condición que ponen –esto no me lo han dicho, pero lo supongo yo– es que en la ciudad en la que den la charla haya al menos un bar, además de oyentes para la conferencia (huyamos de esa pedantería radiofónica de usar ‘escuchantes’ en lugar de ‘oyentes’). Dicho esto, creo que poco más hay que añadir para que sepan de qué va el libro Palabras mayores: la experiencia de años y años de charlas por todo el mundo les ha servido para componer una obra a la que trasladan todo su saber, su capacidad pedagógica y su sentido del humor, que es muy grande.

¿Qué podemos aprender con este libro? Pues cómo usar bien los gerundios, cómo escribir correctamente los prefijos, cómo redactar un correo electrónico, cómo no meter la pata en las redes sociales… También podremos disfrutar de una clase magistral de Word –de Antonio Martín– y otra de tipografía a cargo de Jorge de Buen. El contenido de Palabras mayores es variadísimo y puede interesar a cualquier persona que tenga un mínimo afán por escribir buenos textos. Además, no se limita a tratar cuestiones meramente sintácticas y ortográficas, sino que se introduce en el desconocidísimo mundo de la ortotipografía: ¿para qué se usan las letras negritas y cursivas?, ¿es lo mismo una raya que un guion?, ¿se escribe espacio antes del signo de porcentaje?, ¿qué es la sangría, además de vino aguado?…

El libro también nos explica cosas tan evidentes –y tan difíciles de entender para algunos– como por qué un corrector debe cobrar por su trabajo. Esa defensa del oficio de corrector queda de manifiesto ya desde la página cuatro, la denominada «página de derechos»: en contra de lo que es habitual, aquí sí se cita al corrector de la obra (en este caso es correctora; se trata de Beatriz Benítez, que además es la presidenta de la asociación de correctores UniCo). Esto hay que agradecérselo a Larousse Editorial, que es la empresa que publica el libro y a la que yo, por mi parte, también le debo un agradecimiento desde que a los catorce años comencé a llevarme a la cama compulsivamente volúmenes y volúmenes de su famosa Nueva Enciclopedia, que no solo me abrió los ojos al mundo –un mundo sin Internet–, sino que resolvió las primeras dudas ortográficas que a tan tierna edad (es un decir) ya comenzaban a atormentarme.

Demos, pues, las gracias a los cuatro miembros de la banda por su sabiduría, a Larousse por aceptar llevarla al papel y a Sofía Acebo, coordinadora de la obra, por lograr que el matrimonio entre la editorial y los bárfilos haya dado como fruto esta utilísima y entretenida criatura.

Ramón Alemán

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