‘Espúreo’ es una palabra espuria

Iñaki Urdangarín (con tilde) dijo la semana pasada que ciertas acciones supuestamente encaminadas a involucrar a Juan Carlos de Borbón y a su hija Cristina en el follón en el que anda metido el duque de Palma son espurias, y yo me alegro de que lo haya dicho. Me explico: no tengo la menor intención de hablar aquí del trasfondo de este culebrón judicial; lo que me gusta es que Urdangarín haya empleado la palabra espurio y no el engendro espúreo, al que tanto cariño le profesan muchas personas, incluido algún ilustre gramático.

El otro día leí en la edición digital del periódico El Mundo una noticia titulada así: «Iñaki Urdangarin [sin tilde] defiende a la Infanta y al Rey de los ataques “espurios”». Lo que más me gustó del titular es que no leí la palabra espúreo, uno de los muchos vocablos que los hispanohablantes nos hemos inventado para suplantar por la cara a otros que ya existen. Este intruso tiene cierto éxito en nuestro idioma, pero no está recogido en el diccionario de la Real Academia Española, ya que no es más que una deformación de la voz espurio.

¿Qué significa espurio? Según la RAE, ‘bastardo’ y ‘falso’; según el Diccionario de uso del español (Gredos), de María Moliner, ‘bastardo’ (aplicado a personas) y ‘falto de legitimidad o autenticidad’ (aplicado a cosas). El María Moliner también dice que se usa para referirnos «a las palabras empleadas sin que estén legitimadas por la Academia». De ahí podemos deducir que espúreo es una palabra espuria.

Por su parte, Manuel Seco señala, en el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (Espasa), que espurio significa ‘bastardo, adulterado’. Y añade lo siguiente: «Muchas personas, entre ellas muchos escritores, usan la forma errónea espúreo. Es curioso que más de una vez esta forma en -eo haya sido usada inadvertidamente por distinguidos críticos del lenguaje». Con suma elegancia, Seco evita hurgar en la herida y no revela quién es el pecador, pero yo estoy casi seguro de que se refiere a Fernando Lázaro Carreter, distinguido crítico del lenguaje y director de la RAE durante varios años.

Efectivamente, hace un tiempo me llevé una gran sorpresa mientras leía en Internet un artículo de Lázaro Carreter titulado «Norma y uso del idioma». En ese texto, de 1976, el famoso filólogo decía esto: «¿En qué lugar colocaría la frontera?; ¿quién, profesor o no, posee el pulso capaz de ponderar lo aceptable para distinguirlo de lo espúreo?; ¿y por qué acoger unas cosas y rechazar otras?». Años después, en 1992, el propio Lázaro Carreter intentó, en uno de sus célebres dardos, justificar su «predilección» por la voz errónea –registrada en algún libro suyo, tal y como él mismo reconoció–, pero a la vez aceptó que debía usar la forma espurio y achacó al corrector que revisaba sus textos la presencia de espúreo en un artículo escrito un mes antes…

Volviendo a la noticia de El Mundo, lo curioso es que la palabra espurios aparece, encerrada entre comillas, en el titular de la portada y en el primer párrafo del texto, pero si leemos la información completa nos encontramos en el último párrafo con lo siguiente: «La defensa de Urdangarin sugiere a Castro que […] “cualquier invocación a la persona de Su Majestad el Rey […] debería tenerse por no puesta […] por ser absolutamente gratuita, espúrea, malintencionada e injustificada”».

Me temo, por tanto, que mi alegría ante el buen uso de este vocablo no se la debo al atlético exbalonmanista –y tampoco al abogado que redacta sus escritos de defensa–, sino al periodista que firma la noticia, Eduardo Colom, porque seguramente fue él quien se tomó la molestia de emplear el término correcto cuando pudo hacerlo, pero no tuvo más remedio que conservar el erróneo en el último párrafo, pues ahí se limitó a copiar para los lectores un texto escrito por otra persona.

Veamos ahora qué pasa con la tilde de Urdangarín. Leo en Internet que fue un amigo del acongojado duque el que recomendó a los periodistas que eliminaran el acento, ya que se trata de un apellido vasco y en euskera no se usa la tilde. Y parece ser que la recomendación ha surtido efecto en los medios de comunicación. Sin embargo, José Martínez de Sousa dice, en su monumental Ortografía y ortotipografía del español actual (Ediciones Trea), que «los apellidos vascos, puesto que son en casi todos los casos a modo de trascripciones, deberían tildarse conforme a las reglas de atildación españolas». Por consiguiente, yo escribo con acento gráfico tan noble apellido, porque lo pronuncio, igual que ustedes, como palabra aguda.

Me parece bien que todo aquel que quiera opte por prescindir en este caso de la tilde, pero yo me fío mucho más –y no me malinterpreten– de Sousa que de los amigos de Urdangarín.

Ramón Alemán