La modestia de un baterista

Alfredo Llanos.

Una profesora pidió hace unos días a sus alumnos de sexto de primaria que escribieran palabras acabadas en -ista. Uno de los niños, apasionado de la música, incluyó en su tarea el término baterista, y la maestra lo tachó sin miramientos. Esta buena señora, que no se tomó la molestia de comprobar si tal dictamen venía a cuento, se limitó a ejercer injustamente su dudosa autoridad. El padre del niño me llamó ayer para que le diera mi opinión sobre este asunto, pero su consulta era innecesaria, pues de entrada me aclaró que antes de llamarme había hecho lo mismo que habría hecho yo: resolver la duda en el sitio adecuado, que no es otro que el diccionario de la Real Academia Española.

Efectivamente, el diccionario académico recoge el vocablo baterista. La RAE dice que un baterista es un batería y que un batería es un músico que toca la batería. De hecho, buena parte de los sustantivos que usamos para hablar de quienes hacen música con sus manos –y con sus pies en el caso que nos ocupa– acaban en -ista y se forman «a partir de nombres que designan instrumentos musicales», según la Nueva gramática de la lengua española (Espasa), de la Academia. Por eso existen las palabras violinista, trompetista, pianista, trombonista, saxofonista, guitarrista, clarinetista, contrabajista, flautista… y baterista.

Como hemos dicho, al baterista también podemos llamarlo batería, de la misma manera que podemos llamar violín al violinista. Podemos decir, por ejemplo, que ‘Pedro es el primer violín de la orquesta’, y también es correcto llamar trompeta al que toca ese instrumento y guitarra a un guitarrista. Esto fue, probablemente, lo que llevó a nuestra profesora de primaria a creer que su alumno se había equivocado: ella pensaba que la persona que aporrea tambores y platillos en el fondo de un escenario solo tiene un nombre –batería–, pero lo cierto es que fue ella quien se equivocó.

Haciendo de abogado del diablo, intento ponerme en la piel de la maestra y se me ocurre pensar que tal vez su metedura de pata tuvo que ver con el hecho de que le sonó raro eso de baterista. Pero ni el peor picapleitos usaría un argumento tan simplón para defender la inocencia de quien tiene la obligación de enseñar nuestro idioma. No obstante, y ya puestos a abogar por el diablo, ayer llamé al mejor baterista de Canarias para preguntarle si realmente esa palabra es tan desconocida.

Los bateristas suelen ser los tipos más modestos y simpáticos de cualquier grupo musical que se precie, y ahí tenemos a Ringo Starr como prueba. Lo mismo ocurre con Alfredo Llanos, el mejor batería que ha habido en Canarias en los últimos veinte años. Alfredo, un metrónomo barbudo sin el cual el rock, el pop, el folk y el jazz de este archipiélago estarían cojos, me dijo que el término baterista no es ninguna rareza en el ámbito en el que él se mueve, aunque también me aclaró que a él lo suelen llamar batería.

¿Vale la segunda parte de su respuesta para absolver a la docente? Pues no. Quienes aceptan el honor de explicar a los niños las normas de la lengua española no se pueden permitir el lujo de creerse en posesión de la verdad, y mucho menos cuando su verdad es simplemente aquello que les suena bien. A la hora de dictar sentencia a golpe de bolígrafo, a esta maestra le habría venido muy bien tener la modestia de un baterista.

Ramón Alemán