Sí cabe duda

Si no lo he dicho antes, lo digo ahora: una de las mejores herramientas del corrector de textos es, según mi experiencia, la capacidad de dudar. Para este oficio son precisas determinadas manías que algunos arrastramos, sin saber muy bien por qué, desde hace una eternidad. Por ejemplo: amar obsesivamente la lengua española, comprender –o intuir– las causas y las consecuencias de algunos de sus caprichos gramaticales, conocer y admirar sus mecanismos ortográficos y, sobre todo, dudar constantemente durante la lectura de un texto y saber dónde encontrar las respuestas para esas dudas.

Eso fue lo que me llevó la semana pasada a no tener claro si había escrito correctamente a cuál más, locución adverbial que empleé en un texto de este blog. En aquel artículo me preguntaba si a algún lector le habría chocado ese cuál –con tilde– que yo había usado unas líneas más arriba. Y así fue, según me cuenta una seguidora de mi Lavadora de textos. Por un instante a mí también me resultó extraño, aunque el sentido común me decía que esa tilde estaba bien puesta. Pero ¿y si estaba equivocado?, ¿y si estuviera ante una de esas rarezas de la lengua que solo los expertos saben explicar?

A eso es a lo que me refiero cuando hablo de la capacidad de dudar, que a veces más bien parece una desconfianza malsana hacia todo lo escrito. Sin embargo, a mí me viene bien porque ese recelo, esa sospecha permanente, me ha llevado en otras ocasiones a corregir más de un error que habría pasado por alto si me hubiera dejado llevar por los buenos pensamientos.

En cuanto a dónde encontrar las respuestas para las dudas, está claro: en los maestros. Y los maestros –ya lo he dicho infinidad de veces– son Manuel Seco, José Martínez de Sousa, Fernando Lázaro Carreter, Leonardo Gómez Torrego, Álex Grijelmo, los académicos de la RAE, María Moliner… Uno de mis favoritos es, sin lugar a dudas, Manuel Seco, cuyo Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (Espasa) tiene soluciones para casi todo.

También la tiene, por supuesto, para a cuál más. Para empezar, dice don Manuel que es frecuente encontrar esta expresión sin tilde, lo que parece demostrar que las dudas sobre ella están bastante extendidas. Aunque no precisamente entre quienes obligaron a Seco a incluir esa información: los que prescinden de este acento ni siquiera se toman la molestia de dudar.

La respuesta sobre la necesidad de la tilde no la da el Diccionario de dudas de forma directa, sino de pasada, cuando explica otro error relacionado con el mismo asunto. Es un error que tiene que ver con la concordancia entre la locución y el adjetivo que viene después, que algunas personas escriben en plural. A cuál más tiene un «sentido ponderativo» y, «aunque la ponderación versa sobre una pluralidad de seres […], el adjetivo ha de ir en singular, puesto que sintácticamente va referido al interrogativo cuál, que es singular», señala Seco. Con esas últimas palabras, como quien no quiere la cosa, resuelve el maestro la duda, pues precisamente es la tilde la que da a esa palabra la condición de pronombre interrogativo.

Por si no lo han entendido, lo explico de otra manera: el propio Seco dice en el Diccionario fraseológico documentado del español actual (Aguilar) que «las personas o cosas aludidas» por esta locución «compiten en el alto grado de posesión de la cualidad» que expresa el adjetivo que sigue. O sea, si yo escribo ‘Me han hecho dos consultas, a cuál más curiosa’, lo que quiero decir es que me han hecho dos consultas y que me estoy preguntando en sentido figurado cuál de las dos es más curiosa, puesto que ambas lo son en alto grado.

¿Les ha quedado claro? Lo dudo. Y no es que dude de ustedes, es que me gusta dudar.

Ramón Alemán