Comas, intuición y normas

Hay personas con las que resulta difícil discutir aunque uno sepa que tiene razón. Son amigos con los que se compartieron años de batallas perdidas, compañeros periodistas que –como uno– ya no son lo que eran pero a los que, por afecto, no nos apetece llevarles la contraria. De uno de ellos –genial orfebre de la escritura– tengo grabada, por repetida, una frase machacona: «Mon, échale un vistazo bueno a este texto». Rara vez tuve algo que objetar a sus reportajes, salvo una manía suya que me disgustaba pero que, a falta de más argumento que mi intuición, nunca corregí: tenía este hombre la costumbre de poner una coma después de la palabra pero.

Se trata de un pecado menor si tenemos en cuenta lo que dice la Real Academia Española sobre la coma en su nueva Ortografía de la lengua española (Espasa): «Dada la diversidad de contextos en los que aparece y la variedad de usos que presenta, no es extraño que sea también el signo de puntuación que más dudas plantea». Aun así, no está exenta de una serie de normas impepinables, cuyo incumplimiento pasa a veces desapercibido pero otras resulta lamentable.

La coma es complicada y bohemia y, aunque los grandes maestros de la gramática llevan una eternidad intentando meterla en vereda, ella se resiste y se planta donde la mano –ignorante o libre– del que escribe la hace aterrizar. Por eso cuando aquel viejo camarada se empeñaba en poner una coma después de un pero en los fantásticos textos que yo le corregí, nunca encontré una ley con la que poder argumentar mi certeza de que él estaba equivocado. Y él, convencido a su vez de la bondad de su coma, me chantajeaba con mirada de amigo y me decía: «Es que a mí me gusta ponerla ahí».

Era yo quien llevaba razón, pero no lo pude demostrar hasta hace unos meses, después de pagar una burrada de euros por la nueva Ortografía. En ese tocho de casi 800 de páginas, publicado recientemente tras años de arduo trabajo entre las 22 academias de la lengua española, encontré una frase que confirmó mi intuición: «No se escribe coma detrás de las conjunciones adversativas», entre las que se incluye la palabra pero. Incluso aunque después de ella vaya una oración interrogativa o exclamativa, la coma está de más. Es incorrecto, por tanto, escribir esta frase: ‘Pero, nunca me contó la verdad’. Y esta otra: ‘Pero, ¿nunca me contó la verdad?’. No obstante, sí es correcto emplearla cuando tras pero se escribe una secuencia que queda aislada por comas: ‘Pero, a pesar de todo, nunca me contó la verdad’.

Ya lo dije al principio: esto del pero es un pecado menor, sobre todo si lo comparamos con otros como ese tan horrendo de colocar una coma entre el sujeto y el verbo. Este flagrante error, cada vez más común entre las nuevas generaciones de periodistas (‘El alcalde, dijo que se tomarán medidas’), lo justifican algunos –equivocadamente– en la pausa que se hace al hablar cuando el sujeto es muy largo. Sobre este extremo, la RAE explica que la «frontera fónica» que se produce en esos casos «no debe marcarse gráficamente mediante coma». Veamos este ejemplo: ‘Todo aquel que piense que no debería estar presente en este acto en defensa de nuestros compañeros tendrá que salir inmediatamente de la sala’. Si usted hubiera puesto una coma entre compañeros y tendrá, lo habría hecho mal. Y aquí no caben intuiciones ni gustos ni preferencias. Las normas están para acatarlas.

Ojalá fueran solo estas las dudas que genera la coma, pero lo cierto es que hay muchas más. Por eso la Ortografía de 2010 le dedica 46 páginas al asunto. Y por eso les recomiendo la lectura del libro Perdón imposible (RBA), de José Antonio Millán, en el que se explican de manera sencilla las normas básicas de la puntuación. El título está inspirado en una anécdota atribuida a Carlos V, según la cual el emperador debía firmar la siguiente sentencia: «Perdón imposible, que cumpla su condena». En un arrebato de compasión, el rey movió la coma y, de paso, cambió el destino del reo, ya que el fallo quedó así: «Perdón, imposible que cumpla su condena».

Ya lo ven ustedes: un minúsculo trazo sobre el papel puede salvar la vida de un condenado, pero también condenar a muerte un texto. Seamos, por tanto, modestos. No despreciemos nuestra intuición, pero tampoco olvidemos las normas que hacen de la coma una frontera entre lo correcto y lo mediocre.

Ramón Alemán