El idioma, la modernez y toda la pesca

Cuando éramos preadolescentes, mis amigos del cole y yo nos lo pasábamos bomba buscando en el diccionario palabras cochinas como culo, teta o pedo. Cosas de la edad. Ahora que soy bastante mayorcito pienso en las risas que habría echado si en aquella época hubiera tenido entre mis manos el Diccionario fraseológico documentado del español actual (Aguilar). Que no les confunda un título tan serio: el libro recoge las locuciones más cachondas y extravagantes que se puedan imaginar, y además me ha aclarado que están equivocados quienes piensan que expresiones como y toda la pesca o comer el tarro se las acaba de inventar la peña moderna y tal.

Yo pensaba que eso de y toda la pesca –que, resumiendo mucho, podría significar algo así como ‘y todo lo demás’– era un símbolo guay de esa gente moderna que modela la lengua a su gusto (como yo la modelé cuando era joven) para marcar su modernidad. Pero estaba equivocado: resulta que un maestro como Miguel Delibes ya lo usó en Diario de un emigrante hace más de medio siglo y con el mismo sentido («… gente que subía y bajaba, y pasillos, y tiendas con escaparates y toda la pesca»), así que los muchachos que se las dan de chachis porque piensan que su pesca es la leche son tan ignorantes como todos los veinteañeros que generación tras generación creímos haber inventado una pólvora que en realidad estaba ya más que mojada.

Para que vean lo interesante que es el diccionario del que les hablo, les diré que algunas de las expresiones que han leído en los párrafos anteriores están perfectamente definidas en ese manual: pasarlo bomba, echar unas risas, y tal, dárselas, ser la leche, inventar la pólvora, pólvora mojada… Curiosamente, su autor es un distinguido miembro de la Real Academia Española: Manuel Seco, pero su condición de académico no le impide disentir de la norma si con eso ayuda a los hispanohablantes a entender mejor el idioma que ellos mismos inventan día a día. Por eso incorpora expresiones como de motu propio, que la RAE considera incorrecta.1

A Seco y sus colaboradores (Olimpia Andrés y Gabino Ramos) tampoco les ha importado incluir inventos como ¿de qué vas?, chupar cámara, nasti de plasti, ni el Tato, chipendi lerendi, ni de coña o quedar dos telediarios, ni absolutas vulgaridades como hacérsele el culo pepsicola, comer el coño, que te cagas, me la chupas, a tomar por el culo, que le jodan, joder la marrana, echar un polvete o echando leches. También hay, por supuesto, otras más serias: en lo sucesivo, a fe mía, hacer un drama, de igual a igual, cargar con el muerto, mal que le pese…

Para quienes corregimos textos, el valor de este diccionario reside en que aporta argumentos de peso que nos permiten dar por buenas muchas locuciones que, sin estar recogidas por la Real Academia Española, forman parte no solo del habla de la calle, sino de la lengua culta: cada entrada viene ilustrada con ejemplos de obras literarias –algunas de ellas muy famosas como la antes citada de Delibes– o textos de prensa.

Conclusión: nuestro idioma es increíblemente imaginativo, rico, sano, divertido y callejero, lo que le garantiza larga vida. En otras palabras, no le quedan dos telediarios ni de coña.

Ramón Alemán

1 Pese a que los puristas rechazan la grafía de motu propio y solo consideran válida la forma motu proprio, Manuel Seco y sus colaboradores fueron lo suficientemente tolerantes como para darse cuenta de que si la primera de ellas triunfa en la calle (de hecho, es la que se usa en la lengua oral), habría que darla por buena o, al menos, registrarla en este diccionario como locución semiculta. (Nota añadida en 2020).