Las tres desvirtualizaciones de Humberto Hernández

HumbertoCierta vez hablé yo aquí del verbo desvirtualizar, que de momento no tiene el honor de figurar en el diccionario de la Real Academia Española, y dije de él que podríamos definirlo de esta manera: ‘Conocer en persona a quien se ha conocido previamente en una red social u otro sistema de comunicación electrónico’. Pero como a las personas no se las conoce plenamente de una sola vez, resulta que yo al profesor Humberto Hernández, hombre alto en centímetros y en sabiduría –y autoridad lingüística en todo el ámbito hispánico–, lo he desvirtualizado ya tres veces, y espero poder seguir haciéndolo durante mucho tiempo.

Para desvirtualizar a Humberto Hernández primero tuve que conocerlo de manera virtual, como es lógico. Y aunque el Diccionario del español actual (Aguilar), de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, dice que lo virtual es aquello ‘que se produce solo por ordenador’, lo cierto es que la virtualidad de nuestro mutuo conocimiento tenía más que ver con el WhatsApp y las llamadas telefónicas (sí, los teléfonos móviles también sirven para hacer llamadas). Debo decir, no obstante, que a este profesor, catedrático de lengua española de la Universidad de La Laguna y miembro de la Academia Canaria de la Lengua, ya lo conocía yo gracias a dos magníficas obras suyas que consulto bastante a menudo: Norma lingüística y español de Canarias (Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife) y Una palabra ganada (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo).

La primera me sirvió, entre otras cosas, para poder abordar en este blog un asunto aparentemente difícil de explicar: la diferencia entre las oraciones pasivas reflejas (‘Se alquilan casas’) y las impersonales con se (‘Se vive bien en Canarias’). Como ustedes saben, en Lavadora de textos intentamos apoyarnos siempre, a la hora de resolver dudas, en argumentos de autoridades lingüísticas de demostrada pericia; pero, aunque yo sabía decirme a mí mismo cuál es la diferencia entre estos dos tipos de construcciones, las peroratas que encontraba en los libros de gramática eran tan insoportables que un buen día me di por vencido… Sin embargo, otro buen día leí en Norma lingüística y español de Canarias la sencilla y didáctica explicación que daba Humberto, y ese mismo día supe que ya podía hablar en este blog de pasivas reflejas e impersonales con se.

Vamos al grano. No entraré a darles detalles sobre las dos primeras desvirtualizaciones de las que les hablaba más arriba; simplemente les diré que la primera fue en un programa de radio, al que yo invité a Hernández para que hablara sobre nuestra lengua –aquello fue algo rápido y apenas tuvimos tiempo de conversar fuera de antena–, y la segunda ocurrió el martes de la semana pasada en su despacho de la Universidad de La Laguna, en el que habíamos quedado para organizar un acto al que ambos teníamos que asistir. Allí lo vi atrincherado tras varias montañas de libros y descubrí que el tono grave de su voz también va acompañado de esa dulzura que hace del canario una de las variedades más hermosas de nuestro idioma. Ese acto que preparábamos el martes se celebró dos días después en la antesala del paraninfo de la Universidad, y ahí tuvo lugar la tercera desvirtualización. Casi nada.

Yo le había pedido a Humberto que llevara la voz cantante esa tarde, en la que, con la inestimable colaboración del vicerrector de Relaciones con la Sociedad de la Universidad de La Laguna, Francisco Javier García, y del jefe del Gabinete del Rector del mismo centro, Manuel Ledesma, se iba a presentar mi libro La duda, el sentido común y otras herramientas para escribir bien, en el que se han pasado al papel 132 de los artículos que ustedes han ido leyendo (o no) a lo largo de los últimos seis años en este blog. Y el señor Hernández no solo lo hizo, sino que dio una clase magistral sobre norma y uso, sobre tolerancia, sobre ese gran error de considerar que en la lengua todo se divide en correcto e incorrecto… Frente a estos planteamientos, Humberto nos recordó que «la lengua es mutable, es arbitraria y es mestiza».

También habló de los diccionarios –el de la Academia y otros– y afirmó que «un diccionario que no proporciona ejemplos, no da información ortológica ni de uso, no puede considerarse como obra antonomástica». Esto último –hay que decirlo– venía a cuento porque en la introducción de mi libro yo afirmo, copiando al maestro José Martínez de Sousa, que el de la Academia es «el diccionario por antonomasia», sin que por ello piense que es el mejor. De hecho, prefiero el María Moliner (Gredos) y el Diccionario del español actual, que ya nombré antes. Y también he de añadir que aún falta en mi biblioteca el Clave, diccionario de uso del español actual, una obra que, como recordó Hernández en el paraninfo, le es muy próxima, pues –entre otras cosas– él es el autor de uno de los prólogos (el otro es de Gabriel García Márquez, nada menos).

Esta tercera desvirtualización de Humberto Hernández ha sido para mí una suerte de revelación, la misma que experimenté cuando conocí a un hombre al que ambos admiramos, José Martínez de Sousa. El hallazgo en los dos casos fue idéntico: cuanto mayor es la grandeza de una persona, más humildes son sus gestos y sus palabras (tal vez su voz no es dulce por ser canario, sino por ser grande). Y este descubrimiento, esta revelación, que podría parecer una perogrullada, es en realidad un suceso extraordinario porque, aunque los sustantivos grandeza (en su acepción de ‘elevación de espíritu, excelencia moral’) y humildad son inseparables, no es nada común toparse con personas que posean tales virtudes.

Humberto Hernández sabe muchísimo de nuestro idioma y su sabiduría la esparció el jueves pasado con un discurso lento, grave, didáctico, entretenido y repleto de misterios desvelados y llamadas al sentido común, como aquella con la que pidió jubilar la palabra escuchante, por innecesaria, para referirse a un radioyente, o esta otra: «En asuntos lingüísticos no son recomendables las actitudes cerradas, puristas, dogmáticas…». Para mí ha sido un honor haber podido incluir a este extraordinario filólogo en la lista de guardianes de la lengua a los que he tenido el placer de escuchar (y de oír) a dos metros de distancia y sin necesidad de un libro que hiciera de intermediario.

Pero, dado que yo he venido aquí «a hablar de mi libro» –como el escritor Francisco Umbral el día que puso colorada a Mercedes Milá en la tele–, no quiero concluir esta crónica sin agradecer el generoso panegírico que Hernández le dedicó a La duda, el sentido común y otras herramientas para escribir bien, del que dijo: «Forma parte ya de pleno derecho de la selecta colección de libros de divulgación lingüística entre los que se encuentran títulos como El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter; Buenas y malas palabras, de Ángel Rosenblat; Con la lengua, de Alexis Márquez; No es lo mismo ostentoso que ostentóreo, de José Antonio Pascual; Una lengua muy larga, de Lola Pons; Cocodrilos en el diccionario; Palabras mayores; Una palabra ganada, de quien les habla…». Yo no habría incluido tal elogio en este texto si hubiera tenido alguna duda sobre la sinceridad de la persona que pronunció esas palabras. Pero como salieron de la boca de Humberto Hernández, la duda está de más. Gracias, Humberto.

Ramón Alemán

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