Tomates de bronce

TomatesCreo que ya he dicho alguna vez que, dada mi condición de corrector, sufro mucho leyendo, aunque lo esté haciendo solo por entretenimiento y no para ganarme el pan mío de cada día. Imagínense ustedes entonces cómo será la cosa cuando tengo que leer una novela para corregirla: en ocasiones se llega a producir una implicación tremenda con el trabajo que se tiene entre manos, pues uno es consciente de que el autor del libro ha puesto sobre nuestras espaldas una gran responsabilidad. En esos casos, y cuando el escritor muestra el mismo respeto por el corrector que el que este le debe a su cliente y a la criatura –cosa que no pasa siempre–, el imposible placer de leer se sustituye por el placer de ayudar (cobrando, claro). Eso me ocurrió meses atrás con la corrección de un libro extraordinario, cuyo título es de lo más engañoso: Como el que tiene un huerto de tomates.

A veces comparo el oficio de corrector con el de operario de un taller de fundición: el escultor, que es un artista, tiene una gran idea y la convierte en arcilla; a partir de ahí se desentiende del asunto y deja la obra en manos de unos fundidores, que harán el resto del trabajo hasta que la pieza se convierta en un hermoso trozo de bronce. Otros escultores sí funden sus obras, pero también dejan para los operarios algunas tareas, como la de darle pátina al metal (lo que viene a ser el «patinaje artístico», como diría el gran Francisco de Armas, del taller de fundición Bronzo).

Siguiendo con la comparación, el corrector es ese operario que le da brillo al bronce, lo mima, lima las heridas retorcidas de la fundición… En el caso de Como el que tiene un huerto de tomates, la colaboración entre artista y operario fue tan intensa que se diría que el escultor se pasaba el día en el taller de fundición –muchas veces a instancias del fundidor–, aunque las visitas eran virtuales, a través del ordenador, y siempre empapadas de humor y de ganas de hacer las cosas bien.

«Si salto, me mato; si no salto, me matan». Con estas palabras, en un tenebroso escenario de rocas y olas negras que me recordó a Hitchcock, comienza la novela Como el que tiene un huerto de tomates, de Antonio Flórez, un escritor al que no conozco sino por el correo electrónico, lo que me ha permitido comprobar que, aunque para que la empatía fluya es necesario en ocasiones mirarse a la cara, otras veces es suficiente con el lenguaje verbal, en este caso el que contenían las decenas y decenas de correos que nos enviamos durante la corrección de su fantástico relato, una novela psicológica de acción con toques de humor y misterio.

No sé cuánto tiempo me llevó corregir este libro, que pasa de la escena de Hitchcock a ser una estremecedora road movie por el México más árido, con tiros, narcotraficantes y muertos, y con un retorno permanente a Galicia, donde todo comienza. No sé –decía– cuánto tiempo me llevó la corrección, pero sí sé que esas semanas de colaboración entre el escritor y el corrector fueron tan enriquecedoras que me hicieron olvidar otras experiencias recientes con autores un tanto desagradables que osaron poner en tela de juicio hasta la más insignificante de mis enmiendas. Pero así es mi trabajo: unos clientes te salen buenos y otros no tanto. En el fondo, todo en esta vida es como un huerto de tomates…

Les recomiendo que lean esta novela si quieren disfrutar del arte con el que Antonio Flórez modela las palabras, si quieren adentrarse en una aventura repleta de humor, sensibilidad, acción y misterio. Y también, claro está, si quieren saber por qué el libro se titula como se titula.

Pueden comprar el libro en papel haciendo clic aquí; también pueden comprarlo como libro electrónico haciendo clic aquí.

Ramón Alemán

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3 respuestas a Tomates de bronce

  1. Antonio Flórez dice:

    Me parece increíble leer algo tan bonito sobre mi novela. Maestro orfebre de la palabra y fantástico profesional, no concibo publicar un libro sin que antes pase por tus manos. He aprendido, me he divertido y mi obra es mucho mejor gracias a ti. ¡Gracias, Ramón Alemán!

  2. Sí, algunos clientes ponen en duda casi cualquier corrección que les hago, ¡aunque sean extranjeros con apenas conocimientos de nuestro idioma!, por ejemplo, se sorprenden de que ponga en sus escritos interrogaciones y exclamaciones de apertura y no solo de cierre, que son esas a las que están acostumbrados. Pero si eso te pasa incluso a ti, me consuela un poquito…

    No quiero quedarme con las ganas de leer esa novela con tan atrayente inicio, así que, desde que pueda, me siento a comerme esos tomates. ¡Felicidades al autor y al corrector!

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