María Moliner y yo

Aquellos de ustedes que sean un poco maniáticos, como yo, tal vez se habrán percatado de que últimamente cito a menudo en mis artículos a María Moliner y su celebérrimo Diccionario de uso del español (Gredos). Antes también lo hacía, pero menos, y todo tiene una explicación: hasta hace unos meses yo no tenía a mano ese diccionario, y para consultarlo hacía cosas tan extravagantes como llamar por teléfono a una amiga o entrar en una librería para resolver a escondidas mis dudas. Así de complicada era mi relación con María, y no me gustaban esos encuentros a hurtadillas ni nuestras breves conversaciones telefónicas: lo que yo quería era que viniera a mi casa. Por eso no me quedó más remedio que soltar una pasta gansa para tenerla siempre cerca, sin intermediarios.

Empecé a depender del María Moliner hace bastantes años, cuando trabajaba en el departamento de corrección y cierre de un periódico cuyo director tuvo la gentileza de comprarlo y ponerlo a nuestra disposición sin necesidad de que se lo pidiéramos. Evidentemente, la inversión valió la pena, porque esta obra monumental, a la que Moliner le dedicó años y años, nos sacó de dudas a correctores y redactores en infinidad de ocasiones, lo cual contribuyó a mejorar la calidad de los textos del diario.

El Diccionario de uso del español, que vio la luz en 1966, ya va por su tercera edición, publicada en 2007, y basta consultarlo un par de veces para darle la razón al académico Manuel Seco, que dice esto en el prólogo: “… el Diccionario de uso del español se moderniza, crece y se perfecciona, pero siempre sin perder su fuerte personalidad y sus virtudes originales. Repite, pues, el milagro de ser nuevo y ser el mismo”. Precisamente por eso –por ser nuevo y ser el mismo–, este manual sigue yendo varios pasos por delante del diccionario de la Real Academia Española y ya registró en 2007 voces como ‘internauta’ y ‘finde’, que el de la RAE no recoge ni siquiera en el avance de su vigésima tercera edición, que se actualiza regularmente en Internet.

Como su propio nombre indica, el María Moliner es un diccionario “de uso”, lo cual quiere decir, entre otras cosas, que se aleja del rigor academicista para bajar a la calle y escuchar las voces de los auténticos propietarios de la lengua española: ustedes y yo. El éxito arrollador que ha acompañado a esta obra desde que llegó por primera vez a las librerías se debe a lo práctica que resulta, pues no se limita, como hace en ocasiones el diccionario de la RAE, a dar frías, escuetas y a veces obsoletas definiciones, sino que juega con la palabra que hemos buscado, le encuentra sinónimos, pone ejemplos y notas sobre su uso y añade locuciones y expresiones en las que interviene. Además, María Moliner tuvo la osadía de redactar sus entradas “en un lenguaje transparente y actual”, según afirma Manuel Seco en el prólogo, y las limpió “de los círculos viciosos frecuentes en los enunciados definidores de otros diccionarios”.

El inmenso –y científico– amor que esta extraordinaria lexicógrafa profesaba a nuestro idioma estuvo a punto de convertirla en 1972 en la primera mujer en ocupar una silla de la Academia, si descontamos a Isidra de Guzmán, una apasionada de las letras que alcanzó el rango de académica honoraria por obra y gracia del rey Carlos III a la edad de 17 años. Pero en 1972 la RAE no disimulaba tanto como ahora su machismo corporativo, por lo que Moliner, al igual que otras mujeres que habían sido candidatas antes que ella, se quedó con las ganas. (Si quieren conocer las sorprendentes anécdotas que adornan la historia de la RAE –como la de Isidra de Guzmán–, les recomiendo que lean el extenso artículo “Historia crítica y rosa de la Real Academia Española”, del lingüista Luis Carlos Díaz Salgado, publicado en el libro El dardo en la Academia, de Editorial Melusina).

Hace unos años dejé de trabajar en el periódico del que les hablaba para lanzarme a la piscina de esta Lavadora de textos, y al hacerlo perdí a la Moliner. Pero la seguía necesitando, así que de vez en cuando llamaba por teléfono a Irene Bienes –amiga mía y correctora en ese periódico– para volver a saber algo de María. Y un día, en pleno arrebato, entré en una librería, retiré el plástico que envolvía su diccionario y me pasé un buen rato conversando con ella a escondidas… Qué sórdido. Estaba claro que no podíamos seguir así.

Por eso acabé pagando un dineral para lograr que volviera a estar a mi lado. Pero no me molesta que otros la quieran como yo; es más, ruego a todos los que se afanan en usar bien nuestro idioma que concierten cuanto antes una cita con ella. Prometo hacerme el loco. Por cierto, la misma Academia que hace cuarenta años rechazó la sabiduría de María Moliner ignora en su diccionario la expresión ‘hacerse el loco’. ¿La podemos encontrar en el Diccionario de uso del español? Por supuesto.

Ramón Alemán

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18 respuestas a María Moliner y yo

  1. Berta dice:

    Preciosa entrada, Ramón. Llevo un tiempo reflexionando sobre que también yo necesito ese acercamiento con la Moliner, creo que pronto no podré resistirme y daré los pasos oportunos para que, por fin, nada ni nadie pueda separarnos. Me gustó tu frase «Pero en 1972 la RAE no disimulaba tanto como ahora su machismo corporativo». Un saludo.

  2. Gema dice:

    Yo desde primero de carrera quiero este gran diccionario. Mis profesores, y sobre todo mi profesor de lengua española, lo alababan constantemente. Algún día haré lo que tú, Ramón, y entraré a una librería con la cartera llena. Y si no, unos Reyes Magos me lo traerán.
    Por cierto, hablando de mi profesor de lengua española… Durante su asignatura nos hizo leer varios artículos de Lázaro Carreter, ¿qué opinas de él? A mí me gustaron mucho sus artículos, animo a la gente a que lea algunos (http://www.revistakatharsis.org/Lazaro_Carreter_El_dardo.pdf)

  3. Me avergüenza confesar que recién en 2011 conocí a María Moliner, pero me alegro de que haya sucedido porque todo lo que expresas en tu nota es la pura verdad, Ramón.
    Es un diccionario estupendo y no lo cambio por nada. Me ayuda horrores en mi trabajo y contiene detalles maravillosos.

  4. Montse dice:

    Hay un pequeño truco si uno no quiere (o no puede) rascarse el bolsillo: la página web diclib.com incorpora el Diccionario de María Moliner en su apartado “Definiciones”. :) Saludos.

  5. Belén dice:

    En el instituto mi profesor de griego hacía concursos de vocabulario y el premio era un María Moliner. Ahí lo descubrimos unos cuantos y yo he de hacer hueco en casa para ubicar uno de ellos.
    Excelente entrada.

  6. Pingback: Inauguración y Día del Libro | uniondecorrectores

  7. Isa González dice:

    Me encanta comprobar que María Moliner supo entrar en nuestros corazones como no lo han hecho esos señores rancios de la RAE (ni las pocas señoras silenciosas que sí ocupan asientos en la REAL Academia). Yo también guardo recuerdos de ella: durante mis primeros años de carrera no descansé hasta conseguir que mis padres compraran un ejemplar -y que mis hermanos se burlaran de mi relación con la tal María. Cuando me independicé invertí parte de mis primeros sueldos en comprar ¡a plazos! el que ahora tengo gracias a Paco, un librero comprensivo de La Laguna. La vida de los que nos ocupamos de las palabras no tiene sentido sin que María esté cerca; por eso me alegro de que Ramón ya tenga a María junto a su lavadora.

  8. Mónica Elena García dice:

    Muchas gracias, Ramón, por este artículo. Y también a todos los colegas que hacen comentarios y aportan datos. Aprendo mucho de todos. Un saludo desde Villa Gesell, Argentina, en otoño.

  9. Pingback: Inauguración y Día del Libro | Union de Correctores

  10. Andrés dice:

    http://www.mariamoliner.com/
    Analizar y reflexionar.

  11. Pepa Barberá dice:

    Visito por primera vez este blog y compruebo que me agrada. Tanto que me atrevo a compartir el entusiasmo y la preferencia del autor por el María Moliner. Hace unos años lo pedí como regalo de Reyes, y alguien que me quiere mucho hizo el desembolso que procuró mi felicidad “léxica”. En la Universidad de Salamanca tuve buenos y malos profesores, como es natural. Me di cuenta de que los buenos recomendaban el María Moliner y los malos se agarraban a la rancia norma del DRAE. Tengo ambos diccionarios siempre a mano y puedo decir que María nunca me ha decepcionado, sin embargo no puedo decir lo mismo de los Academicos de la Lengua. Finalizo con una recomendación: si quieren pasar un rato divertido con amigos, usen el María Moliner para jugar al Diccionario. Les aseguro que se desternillarán de risa y se sorprenderán de la capacidad creativa que todos llevamos dentro. Un saludo. Pepa.

  12. Gustavo A. Silva dice:

    Como traductor novato en México en los años setenta tuve que traducir muchos millares de palabras para ahorrar y poder comprarme el MM. Me ha acompañado siempre y me alegró que Gredos lo publicara en CD-ROM. Pero las ediciones siguientes no me gustan mucho, siento que el espíritu original de doña María ya no está en ellas. Otros colegas tienen la misma impresión acerca de las nuevas ediciones, pero no he leído hasta ahora ninguna crítica a fondo.

    De todas maneras, tengo en CD-ROM la versión más reciente (la primera no es compatible con los nuevos sistemas operativos) y la consulto con frecuencia.

    El concepto de uso de doña María era muy especial porque se centraba en el uso correcto, no el uso sin más como, por ejemplo, el diccionario de uso de Manuel Seco y colaboradores.

    Por último, una traductora literaria de renombre decía que era un mal diccionario y que en particular los datos de botánica no eran fiables. Nunca he tenido la oportunidad de poner a prueba esta afirmación.

    Cordialmente,

    Gustavo A. Silva

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